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¿Eres tan perfecto que no te permites cometer errores?

by Lourdes Treviño on May 14, 2010

Esta es una pregunta que a menudo escucho tanto en pláticas casuales, como en las sesiones de neuromodulación. La autoestima es una habilidad que puede desarrollarse y una de las mejores maneras es identificando y observando a alguien que consideres que posea los siguientes rasgos:

  • Seguros de sí mismos
  • Refuerzan las virtudes y comportamientos positivos de otros
  • Se muestran tal y como son con toda naturalidad
  • No tienen la necesidad de impresionar a otros
  • Se ríen de sus propios errores u omisiones
  • No se rigen por la opinión de los demás

Procurar el contacto frecuente con personas así es de gran beneficio personal. Es un hecho que podemos aprender algo de cualquier persona, en particular, al tratarse de individuos con las características anteriores, es muy útil observar lo siguiente:

¿cómo reaccionan al cometer errores?¿están ávidos de alcanzar la perfección en lo que hacen?

¿cómo manejan situaciones en la que son rechazados?¿cómo reaccionan cuando nadie está de acuerdo con ellos?

Trata de tener conversaciones con ellos respecto a estos temas, no para que se conviertan en tus tutores, sino simplemente para ampliar tus perspectivas y ser mejor cada día.
Otra cosa que puedes hacer es observarte con atención en relación a los rasgos anteriores:
Realizando tus actividades cotidianas por que las quieres hacer y no por el efecto que puedan tener en los demás
escuchar tu diálogo interno e identificar los pensamientos relacionados a la opinión de terceros
Identificar tensión o ansiedad por no jugar el rol que los demás esperan de ti

En muchas ocasiones, lo que pensamos acerca de algo está sumamente influenciado por la opinión de otra persona que hemos aceptado e incluido a nuestro propio sistema de creencias. Si cuando éramos pequeños aprendimos que el mundo exterior es un lugar al que debemos temer, aceptaremos como cierto todo lo que esté de acuerdo con esa idea. «No confíes en los desconocidos», «No salgas por la noche», «La gente es perversa», etc.

Por otra parte, si de niños se nos enseñó que el mundo es un lugar seguro y alegre, entonces creeremos otras cosas. «La gente es buena» «El amor está en todos lados» «lo que necesito llega a mi vida fácilmente», etc. La vida refleja aquello en lo que creemos.

De niño aprendiste que amarte a ti mismo, algo natural en aquel entonces, era lo mismo que ser egoísta y consentido. Aprendiste a pensar en los demás antes que en ti mismo, a darles mayor importancia porque de esa manera demostrabas que eras una “buena” persona. Aprendiste a anularte y te alimentaron con conceptos como el de “debes compartir tus cosas con tus hermanos y amigos”. No importaba que fueran las cosas que más querías, o que ni tus padres no estuvieran compartiendo sus cosas preferidas con los demás. Incluso puede que te hayan ordenado que “los niños callan cuando hablan los adultos” y que “debes saber cuál es tu lugar”.

El mensaje es muy claro: los adultos son los importantes, los niños no tanto. Los demás tienen importancia; tú no la tienes. No confíes en tu propia opinión era el punto crucial, y estaba soportado en muchas normas dirigidas hacia una buena educación. Estas reglas encubiertas por el término “modales” reforzaban los juicios de los demás a expensas de tus propios valores. Entonces no es de asombrarse que estas mismas definiciones que te niegan como persona persistan en la vida adulta.

Algo que impide la mejora de nuestra autoestima es que difícilmente cuestionamos nuestras creencias. Por ejemplo: « ¿Por qué pienso que soy lento para aprender algo nuevo? ¿Es cierto? ¿De dónde podría venir esa creencia? ¿Lo sigo creyendo porque cuando era niño algún maestro me lo dijo enojado y convencido? ¿Estaría mejor si abandonara esa creencia?».

Realiza una pausa y hazte consciente de tus pensamientos. ¿Qué estás pensando en este preciso momento? Si los pensamientos dan forma a nuestra vida y experiencias, ¿te gustaría que ese pensamiento se hiciera realidad? Si es un